Como aquel alfarero que rompía las jarras
nada más terminarlas. 
Sin perder la sonrisa
destrozaba los platos y los vasos 

y luego se ponía a decorar
los fragmentos dispersos por el suelo
con sangre que sacaba gota a gota
de sus dedos y brazos, de sus muslos,
de las callosas plantas de sus pies. 

Extraía de sí los pigmentos del alma
hasta quedar exhausto 
y venir los insectos 
a chupar sus heridas. 
Los vecinos,
por compasión, ponían monedas en el torno
y se llevaban trozos de loza hasta sus casas. 

Al despertar seguía sonriendo
y de nuevo amasaba en el barro mojado
las formas de lo informe,
los diminutos cuencos donde cabe lo eterno. 

Vikram Babu pregunta: 
¿dónde bebes?

Autor: Jesus Aguado
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