Voy donde me lleven las fragancias víricas del aire,
ahí, donde se engañe y oculte la sangre
y la necesaria muerte hieda
como apesta la condición humana
y su contrariedad tan burda y mortal.
Iría con la perfidia inexcusable e imperiosa
para hacer brotar de la lobreguez nocturna
la simiente que pondera con cizaña la maldad
y profetiza epidemias de espanto y dolor.
Voy a donde los espectros, grajos y ciparisos
reconozcan respectivamente,
su condición inferior, su servicio y adorno
a nuestra deleznable y cogitabunda soledad.
Porque ahora es bien sabido,
que tenemos aliados redivivos
y que las cadenas que arrastran
son la marca de un negro destino
en favor sumiso de la oscuridad.
Y los cuervos, pájaros espeluznantes
fetiches, bastiones y estandarte
con sus picos, garras y plumaje azabache
rinden tributo a la albina transparencia del inmortal.
Y aquella indómita belleza de los cipreses,
con su fría y desnuda melancolía,
con su apariencia de total indiferencia
no representan otra cosa que el trágico ornamento
para un mundo de tinieblas…
mundo al que pertenecemos por cierto…
por total, absoluta y sempiterna voluntad.
Autor del poema: Dorian (D.R.C)