Sabríamos recordar cada trozo de mundo, 
cada tropiezo vivido
si al abrir la mirada
recobráramos de nuevo
la luz de cada instante,
pues toda inmolación deja su propio surco,
su propia oscuridad,
y cada imagen 
tiene su propia lámpara.

Lámpara de la niñez,
-allí comienza todo-
esa luz que se ve con los ojos cerrados
las claras azoteas, 
desierto de palomas,
el tamiz lanceolado de las hojas de cobre transparente,
un otoño agitando su ramaje, 
abriéndose paso sobre la mansedad de las aceras.

Allí comienza todo,
aquello que era nuestro a pesar del dolor, 
pues desde entonces,
sólo he buscado el ser de aquella luz,
y la siento crecer dentro de mí
como le crecen párpados de trapo al corazón tras el olvido. 
                    
De "Lámparas de arena" 2000

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