El espino
 

 
El espino prende a una roca 
su enloquecida contorsión, 
y es el espíritu del yermo, 
retorcido de angustia y sol. 

La encina es bella como Júpiter, 
y es un Narciso el mirto en flor. 
A él lo hicieron como a Vulcano, 
el horrible dios forjador. 

A él lo hicieron sin el encaje 
del claro álamo temblador, 
porque el alma del caminante 
ni le conozca la aflicción. 

De las greñas le nacen flores. 
(Así el verso le nació a Job.) 
Y como el salmo del leproso, 
es de agudo su intenso dolor. 

Pero aunque llene el aire ardiente 
de las siestas su exhalación, 
no ha sentido en su greña oscura 
temblarle un nido turbador... 

Me ha contado que me conoce, 
que en una noche de dolor 
en su espeso millón de espinas 
magullaron mi corazón. 

Le he abrazado como a una hermana, 
cual si Agar abrazara a Job, 
en un nudo que no es ternura, 
porque es más ¡desesperación!

Autor del poema: Gabriela Mistral
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