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El cementerio marino


omegayalfa Por omegayalfa En: Principal, Paul Valéry, Prosa, Poemas A La Mar, Enamorados, Poema De Libertad, Poema De Soledad 2 323 0
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¡Oh alma mía, no aspires a la vida inmortal, 
pero agota toda la extensión de lo posible.
Pindaro, Píticas III.

Calmo techo surcado de palomas, 
palpita entre los pinos y las tumbas; 
mediodía puntual arma sus fuegos 
¡El mar, el mar siempre recomenzado! 
¡Qué regalo después de un pensamiento 
ver moroso la calma de los dioses!

¡Qué obra pura consume de relámpagos 
vario diamante de invisible espuma, 
y cuánta paz parece concebirse!
Cuando sobre el abismo un sol reposa, 
trabajos puros de una eterna causa, 
el Tiempo riela y es Sueño la ciencia.

Tesoro estable, templo de Minerva, 
quietud masiva y visible reserva; 
agua parpadeante, Ojo que en ti guardas 
tanto sueño bajo un velo de llamas, 
¡silencio mío!... ¡Edificio en el alma, 
mas lleno de mil tejas de oro. Techo!

Templo del Tiempo, que un suspiro cifra, 
subo a ese punto puro y me acostumbro 
de mi mirar marino todo envuelto;
tal a los dioses mi suprema ofrenda, 
el destellar sereno va sembrando 
soberano desdén sobre la altura.

Como en deleite el fruto se deslíe, 
como en delicia truécase su ausencia 
en una boca en que su forma muere, 
mi futura humareda aquí yo sorbo, 
y al alma consumida el cielo canta 
la mudanza en rumor de las orillas.

¡Bello cielo real, mírame que cambio! 
Después de tanto orgullo, y de tanto 
extraño ocio, mas pleno de poderes, 
a ese brillante espacio me abandono, 
sobre casas de muertos va mi sombra 
que a su frágil moverse me acostumbra. 
A teas del solsticio expuesta el alma, 
sosteniéndote estoy, ¡oh admirable 
justicia de la luz de crudas armas! 
Pura te tomo a tu lugar primero: 
¡mírate!... Devolver la luz supone 
taciturna mitad sumida en sombra.

Para mí solo, a mí solo, en mí mismo, 
un corazón, en fuentes del poema, 
entre el vacío y el suceso puro,
de mi íntima grandeza el eco aguardo,
cisterna amarga, oscura y resonante,
¡hueco en el alma, son siempre futuro!
Sabes, falso cautivo de follajes,
golfo devorador de enjutas rejas,
en mis cerrados ojos, deslumbrantes
secretos, ¿qué cuerpo hálame a su término
y qué frente lo gana a esta tierra ósea?
Una chispa allí pienso en mis ausentes.

Sacro, pleno de un fuego sin materia;
ofrecido a la luz terrestre trozo,
me place este lugar alto de teas,
hecho de oro, piedra, árboles oscuros,
mármol temblando sobre tantas sombras;
¡allí la mar leal duerme en mis tumbas!

¡Al idólatra aparta, perra espléndida!
Cuando con sonrisa de pastor, solo,
apaciento carneros misteriosos,
rebaño blanco de mis quietas tumbas,
¡las discretas palomas de allí aléjalas,
los vanos sueños y ángeles curiosos!

Llegado aquí pereza es el futuro,
rasca la sequedad nítido insecto;
todo ardido, deshecho, recibido
en quién sabe qué esencia rigurosa...
La vida es vasta estando ebrio de ausencia,
y dulce el amargor, claro el espíritu.

Los muertos se hallan bien en esta tierra
cuyo misterio seca y los abriga.
Encima el Mediodía reposando
se piensa y a sí mismo se concilia...
Testa cabal, diadema irreprochable,
yo soy en tu interior secreto cambio.

¡A tus temores, sólo yo domino!
Mis arrepentimientos y mis dudas,
son el efecto de tu gran diamante...
Pero en su noche grávida de mármoles,
en la raíz del árbol, vago pueblo
ha asumido tu causa lentamente.

En una densa ausencia se han disuelto,
roja arcilla absorbió la blanca especie,
¡la gracia de vivir pasó a las flores!
¿Dónde del muerto frases familiares,
el arte personal, el alma propia?
En la fuente del llanto larvas hilan.

Agudo gritos de exaltadas jóvenes,
ojos, dientes, humedecidos párpados,
el hechicero seno que se arriesga,
la sangre viva en labios que se rinden,
los dedos que defienden dones últimos,
¡va todo bajo tierra y entra al juego!

Y tú, gran alma, ¿un sueño acaso esperas 
libre ya de colores del engaño 
que al ojo camal fingen onda y oro?
¿Cuando seas vapor tendrás el canto? 
¡Ve! ¡Todo huye! Mi presencia es porosa, 
¡la sagrada impaciencia también muere!

¡Magra inmortalidad negra y dorada, 
consoladora de horroroso lauro 
que maternal seno haces de la muerte, 
el bello engaño y la piadosa argucia! 
¡Quién no conoce, quién no los rechaza, 
al hueco cráneo y a la risa eterna!

deshabitadas testas, hondos padres, 
que bajo el peso de tantas paladas, 
sois la tierra y mezcláis nuestras pisadas,
el roedor gusano irrebatible 
para vosotros no es que bajo tablas 
dormís, ¡de vida vive y no me deja!

¿Amor quizás u odio de mí mismo? 
¡Tan cerca tengo su secreto diente 
que cualquier nombre puede convenirle! 
¡Qué importa! ¡Mira, quiere, piensa, toca! 
¡Agrádale mi carne, aun en mi lecho, 
de este viviente vivo de ser suyo!

¡Zenón! ¡Cruel Zenón! ¡Zenón de Elea!
¡Me has traspasado con tu flecha alada 
que vibra, vuela y no obstante no vuela! 
¡Su son me engendra y mátame la flecha! 
¡Ah! el sol... ¡Y qué sombra de tortuga 
para el alma, veloz y quieto Aquiles!

¡No! ¡No!... ¡De pie! ¡En la era sucesiva! 
¡Cuerpo mío, esta forma absorta quiebra! 
¡Pecho mío, el naciente viento bebe!
Una frescura que la mar exhala, 
ríndeme el alma... ¡Oh vigor salado! 
¡Ganemos la onda en rebotar viviente!

¡Sí! Inmenso mar dotado de delirios, 
piel de pantera, clámide horadada 
por los mil y mil ídolos solares, 
hidra absoluta, ebria de carne azul, 
que te muerdes la cola destellante 
en un tumulto símil al silencio.

¡Se alza el viento!... ¡Tratemos de vivir! 
¡,Cierra y abre mi libro el aire inmenso, 
brota audaz la ola en polvo de las rocas! 
¡Volad páginas todas deslumbradas! 
¡Olas, romped con vuestra agua gozosa 
calmo techo que foques merodean!

Versión de Javier Sologuren

(Fotografia: El cementerio marino Paul Valéry, Alianza Editorial)

Autor: Paul Valéry
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