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Miss X

Miss X
Miss X, sí, la menuda Miss Equis, 
llegó, por fin, a mi esperanza: 
alrededor de sus ojos, 
breve, infinita, sin saber nada. 
 
Es ágil y limpia como el viento 
tierno de la madrugada, 
alegre y suave y honda 
como la yerba bajo el agua. 
 
Se pone triste a veces 
con esa tristeza mural que en su cara 
hace ídolos rápidos 
y dibuja preocupados fantasmas. 

Yo creo que es como una niña 
preguntándole cosas a una anciana, 
como un burrito atolondrado 
entrando a una ciudad, lleno de paja. 

Tiene también una mujer madura 
que le asusta de pronto la mirada 
y se le mueve dentro y le deshace 
a mordidas de llanto las entrañas. 

Miss X, sí, la que me ríe 
y no quiere decir cómo se llama, 
me ha dicho ahora, de pie sobre su sombra, 
que me ama pero que no me ama. 

Yo la dejo que mueva la cabeza 
diciendo no y no, que así me cansa, 
y mi beso en su mano le germina 
bajo la piel en paz semilla de alas. 

Ayer la luz estuvo 
todo el día mojada, 
y Miss X salió con una capa 
sobre sus hombros, leve, enamorada. 

Nunca ha sido tan niña, nunca 
amante en el tiempo tan amada. 
El pelo le cayó sobre la frente, 
sobre sus ojos, mi alma. 

La tomé de la mano, y anduvimos 
toda la tarde de agua. 

¡Ah, Miss X, Miss X, escondida 
flor del alba! 

Usted no la amará, señor, no sabe. 
Yo la veré mañana.

Autor del poema: Jaime Sabines
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