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Mundo Poético    »     Principal    »     El Incendio De La Campañia

El Incendio De La Campañia


Poetico Por Poetico En: Principal, Andres Bello, Poesia, Poema De Vida, Poetas Latinoamericanos 1 467 0
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Canto Elegiaco

                    I

  Santa casa de oración,
templo de la Compañía,
que a plegaria y a sermón
llamas de noche y de día
la devota población;

  ¿Qué esplendor, qué luz es ésta
que sobre ti se derrama?
No es luz de nocturna fiesta;
es devastadora llama;
es una pira funesta.

  Ni es sonido de alegría
el que por los aires corre;
ayes son esos que envía
envuelta en humo tu torre;
son gemidos de agonía.

  Jamás con furor tan ciego,
prendió escondida centella;
viose breve lumbre; y luego
a grande altura descuella
una cúpula de fuego.

  Raudo volcán se me antoja,
que aglomera nube a nube
de humareda parda y roja,
y ya hasta los cielos sube,
y encendida lava arroja.

  Cual león que descuartiza
descuidada presa hambriento,
tal, encrespado se eriza,
tal ruge el fiero elemento,
que te reduce a ceniza.

  Aunque el pueblo te circunde
a socorrerte anhelante,
rápido el incendio cunde,
y hasta el cerro más distante
terrífica luz difunde;

  Y en cuanto la vista abraza,
tiñen medrosos reflejos
toda calle y toda plaza,
y aun contemplados de lejos
espanto son y amenaza.

  Una visión gigantea
que negras alas agita,
en lo alto revolotea;
soplando, el incendio irrita;
y sacude humosa tea.

  ¿Será aquel ángel, al pozo
de perdición derrocado,
a quien la miseria es gozo?
Sobre su rostro eclipsado,
vislumbra horrendo alborozo.

  Ya del techo, alta diadema
de fuego, lluvia desciende
ardiente, que alumbra y quema
la vasta nave, y se extiende
con voracidad extrema.

  ¡Virgen! si compadecida
te halló siempre el ruego humano,
detén la fiera avenida;
tiende el manto soberano
sobre tu mansión querida;

  Sobre tu bella morada,
donde con ardientes votos
has sido siempre invocada;
donde mil labios devotos
te llamaron abogada.

  Y tú, ¿puedes tolerar
que así las llamas te ultrajen,
Santo Arcángel titular?
¿Se cebarán en tu imagen?
¿Harán pavesas tu altar?

  Nada aplaca su furor;
la destrucción es completa;
arde todo en derredor;
aun a su Dios no respeta
el fuego consumidor.

                    II

  Y a ti también te devora,
centinela vocinglero,
atalaya veladora,
que has contado un siglo entero
a la ciudad, hora a hora.

  Diste las nueve, y prendida
estabas viendo la hoguera
en que iba a expirar tu vida;
fue aquélla tu voz postrera,
y tu última despedida.

  Cuando sellaba tu suerte
ese fatídico acento,
¿quién imaginó perderte,
y que en las alas del viento
iba la voz de la muerte?
  Paréceme que decías:
«¡Adiós, patria! El cielo ordena
que no más las notas mías
desenvuelvan la cadena
de tus horas y tus días.

  »Mil y mil formas miré
nacer al aura del mundo,
y florecer a mi pie,
y descender al profundo
abismo de lo que fue.

  »Yo te vi en tu edad primera
dormida esclava, Santiago,
sin que en tu pecho latiera
un sentimiento presago
de tu suerte venidera.

  »Y te vi del largo sueño
despertar altiva, ardiente,
y oponer al torvo ceño
de los tiranos, la frente
de quien no conoce dueño.

  »Vi sobre el pendón hispano
alzarse el de tres colores;
suceder a un yermo un llano
rico de frutos y flores;
y al esclavo el ciudadano.

  »¡Santiago, adiós! Ya no más
el aviso diligente
de tu heraldo fiel oirás,
que los sordos pasos cuente
que hacia tu sepulcro das.

  »¡Adiós! Llegó mi hora aciaga,
como llegará la tuya.
No hay cosa que no deshaga
el tiempo, y no la destruya;
aún a los imperios traga».

                    III

  El ángel que guarda y vela
a nuestra patria naciente,
ya que el incendio encarcela,
mustio, la mano en la frente,
al empíreo coro vuela.

  Saciose en el templo santo
el fuego; cesó el bullicio;
duerme la ciudad; y en tanto
en torno al trunco edificio
reina silencioso espanto.

  Realza una opaca y fea
lumbre el horror y el asombro;
frío norte el humo ondea;
algún denegrido escombro
acá y allá centellea.

  Entre la vasta rüina,
tal vez despierta y se encumbra
llamarada repentina,
que fantástica relumbra,
y todo el templo ilumina;

  Mas otra vez se adormece;
y solamente la luna,
cuando entre nubes parece,
sobre el arco y la coluna
luminosa resplandece.

  Y con pasmado estupor,
reciben nave y capilla
este tan nuevo esplendor,
lámpara sola que brilla
ante el Arca del Señor.

  Y ya, si no es el graznido
de infelice ave nocturna
que busca en vano su nido,
o del aura taciturna
algún lánguido gemido,

  O las alertas vecinas,
o anunciadora campana
de las preces matutinas,
o la lluvia que profana
las venerables rüinas,

  Y bate la alta muralla,
y los sacros pavimentos,
triste campo de batalla
de encontrados elementos;
todo duerme, todo calla.

                    IV

  Cuando, a vista de un estrago,
dolorido el pecho vibra,
¿hay un sentimiento vago
que nos alienta; una fibra
que halla en el dolor halago?

  ¿Es un instinto divino,
que cuando rompe y cancela
la fortuna un peregrino
monumento, nos revela
más elevado destino?

  ¿O con no usada energía
despierta en tu seno el alma
y, bulle la fantasía,
Noche oscura, muerta Calma,
solemne Melancolía?

  Yo no sé, en verdad, qué sea
lo que entonces la trasporta;
absorbida en una idea,
los terrenos lazos corta,
y libremente vaguea.

  Y no es un descolorido
bosquejo lo que elabora,
que al pensamiento embebido
el antes se vuelve ahora,
y la memoria, sentido.

  Las antiguas tradiciones
toman colores reales,
y quebrantan las prisiones
de las arcas sepulcrales
difuntas generaciones.

  ¿Qué nuevo rumor se advierte?
¿Qué insólito murmurar?
¿Qué voz turba de esta suerte
el silencio secular
de ese asilo de la muerte?

  En sus lechos se incorporan
las heladas osamentas;
de los nichos en que moran
bajan sombras macilentas;
negras ropas las decoran.

  Grima me da, cuando miro
la procesión, que la grada
monta del hondo retiro,
y en dos filas ordenada,
hace en torno un lento giro.

  Va a su cabeza un anciano;
una blanca mitra deja
asomar su pelo cano.
Cantan, y el canto semeja
sordo murmullo lejano.

  Mueven el labio, y después
desmayados ecos gimen;
la luna pasa al través
de sus cuerpos; y no imprimen
huella en el polvo sus pies.

  No, no es cosa de este mundo,
ni es lustre de ojos humanos,
el de aquel mirar profundo;
sendas hachas en sus manos
dan un brillo moribundo.

  Y cuando atender se quiere
a lo que en el aire zumba
y en tristes cadencias muere,
se oye el cantar de la tumba,
el lúgubre Miserere.

  «El brazo airado detén,
muestra benigno el semblante,
¡Sumo Autor de todo bien!
para que otra vez levante
sus muros Jerusalén».

                    V

  Pero ya rayó la aurora,
y a su luz, cada vez más
la visón se descolora,
y al fin, como un leve gas,
por el aire se evapora.

  Sobre la gran cordillera,
sube el primer sol de junio,
y apresura (cual si huyera
de ver tamaño infortunio)
entre nubes su carrera.

  ¡Ah! lo que ayer parecía
fábrica eterna, ¿quién pudo
adivinar que hoy sería
tostados leños, desnudo
paredón, ceniza fría?

  Entre el pavor y el respeto
contempla el vulgo curioso
(¡horrible y mísero objeto!)
de lo que fue templo hermoso
el mutilado esqueleto.

  No brilla la antorcha clara;
no arde el incienso süave;
polvo inmundo afea el ara...
mas ¿por qué en lo menos grave
el pensamiento se para?

  El Tabernáculo Santo.
Tu rostro en la tierra humilla,
¡Jerusalén! rasga el manto;
por tu pálida mejilla
hilo a hilo corra el llanto.

  Prendió llama, llama insana,
el Señor; y dio al olvido
la fiesta de la semana;
y su tienda ha demolido,
y desechó su peana.

  Callan, ¡ay!, eternamente
la iglesia, la torre, el coro;
calló el rezo penitente;
calló el repique sonoro;
calló el púlpito elocuente.

  La voz del himno ha cesado;
duelo cubre y confusión
al sagrario desolado;
y la hija de Sïon
es un cadáver tiznado.


Autor: Andrés Bello
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