Sermón estoico de censura moral


Sermón estoico de censura moral
Tú, Clito, pues le debes 
a la tierra ese vaso de tu vida, 
en tan poca ceniza detenida, 
y en cárceles tan frágiles y breves 
hospedas alma eterna, 
no presumas, ¡oh Clito!, oh, no presumas 
que la del alma casa, tan moderna 
y de tierra caduca, 
viva mayor posada que ella vive, 
pues que en horror la hospeda y la recibe. 
No sirve lo que sobra, 
y es grande acusación la grande obra; 
sepultura imagina el aposento, 
y el alto alcázar vano monumento. 
  
Hoy al mundo fatiga, 
hambrienta y con ojos desvelados, 
la enfermedad antiga 
que a todos los pecados 
adelantó en el cielo su malicia, 
en la parte mejor de su milicia. 
Invidia, sin color y sin consuelo, 
mancha primera que borró la vida 
a la inocencia humana, 
de la quietud y la verdad tirana; 
furor envejecido, 
del bien ajeno, por su mal, nacido; 
veneno de los siglos, si se advierte, 
y miserable causa de la muerte. 
Este furor eterno, 
con afrenta del sol, pobló el infierno, 
y debe a sus intentos ciegos, vanos, 
la desesperación sus ciudadanos. 
Ésta previno, avara, 
al hombre las espinas en la tierra, 
y el pan, que le mantiene en esta guerra, 
con sudor de sus manos y su cara. 
Fue motín porfiado 
en la progenie de Abraham eterna, 
contra el padre del pueblo endurecido, 
que dio por ellos el postrer gemido. 
La invidia no combate 
los muros de la tierra y mortal vida, 
si bien la salud propria combatida 
deja también; sólo pretende palma 
de batir los alcázares de l'alma; 
y antes que las entrañas 
sientan su artillería, 
aprisiona el discurso, si porfía. 
Las distantes llanuras de la tierra 
a dos hermanos fueron 
angosto espacio para mucha guerra. 
Y al que Naturaleza 
hizo primero, pretendió por dolo 
que la invidia mortal le hiciese solo. 
 
Tú, Clito, doctrinado 
del escarmiento amigo, 
obediente a los doctos desengaños, 
contarás tantas vidas como años; 
y acertará mejor tu fantasía 
si conoces que naces cada día. 
Invidia los trabajos, no la gloria; 
que ellos corrigen, y ella desvanece, 
y no serás horror para la Historia, 
que con sucesos de los reyes crece. 
De los ajenos bienes 
ten piedad, y temor de los que tienes; 
goza la buena dicha con sospecha, 
trata desconfiado la ventura, 
y póstrate en la altura. 
Y a las calamidades 
invidia la humildad y las verdades, 
y advierte que tal vez se justifica 
la invidia en los mortales, 
y sabe hacer un bien en tantos males: 
culpa y castigo que tras sí se viene, 
pues que consume al proprio que la tiene. 
   
La grandeza invidiada, 
la riqueza molesta y espiada, 
el polvo cortesano, 
el poder soberano, 
asistido de penas y de enojos, 
siempre tienen quejosos a los ojos, 
amedrentado el sueño, 
la consciencia con ceño, 
la verdad acusada, 
la mentira asistente, 
miedo en la soledad, miedo en la gente, 
la vida peligrosa, 
la muerte apresurada y belicosa. 
  
¡Cuán raros han bajado los tiranos, 
delgadas sombras, a los reinos vanos 
del silencio severo, 
con muerte seca y con el cuerpo entero! 
Y vio el yerno de Ceres 
pocas veces llegar, hartos de vida, 
los reyes sin veneno o sin herida. 
Sábenlo bien aquellos 
que de joyas y oro 
ciñen medroso cerco a los cabellos. 
Su dolencia mortal es su tesoro; 
su pompa y su cuidado, sus legiones. 
Y el que en la variedad de las naciones 
se agrada más, y crece 
los ambiciosos títulos profanos, 
es, cuanto más se precia de monarca, 
más ilustre desprecio de la Parca.
 
El africano duro 
que en los Alpes vencer pudo el invierno, 
y a la Naturaleza 
de su alcázar mayor la fortaleza; 
de quien, por darle paso al señorío, 
la mitad de la vista cobró el frío, 
en Canas, el furor de sus soldados, 
con la sangre de venas consulares, 
calentó los sembrados, 
fue susto del imperio, 
hízole ver la cara al captiverio, 
dio noticia del miedo su osadía 
a tanta presunción de monarquía. 
Y peregrino, desterrado y preso 
poco después por desdeñoso hado, 
militó contra sí desesperado. 
Y vengador de muertes y vitorias, 
y no invidioso menos de sus glorias, 
un anillo piadoso, 
sin golpe ni herida, 
más temor quitó en Roma que en él vida. 
Y ya, en urna ignorada, 
tan grande capitán y tanto miedo 
peso serán apenas para un dedo. 
   
Mario nos enseñó que los trofeos 
llevan a las prisiones, 
y que el triunfo que ordena la Fortuna, 
tiene en Minturnas cerca la laguna. 
Y si te acercas más a nuestros días, 
¡oh Clito!, en las historias 
verás, donde con sangre las memorias 
no estuvieren borradas, 
que de horrores manchadas 
vidas tantas están esclarecidas, 
que leerás más escándalos que vidas. 
   
Id, pues, grandes señores, 
a ser rumor del mundo; 
y comprando la guerra, 
fatigad la paciencia de la tierra, 
provocad la impaciencia de los mares 
con desatinos nuevos, 
sólo por emular locos mancebos; 
y a costa de prolija desventura, 
será la aclamación de su locura. 
   
Clito, quien no pretende levantarse 
puede arrastrar, mas no precipitarse. 
El bajel que navega 
orilla, ni peligra ni se anega. 
Cuando Jove se enoja soberano, 
más cerca tiene el monte que no el llano, 
y la encina en la cumbre 
teme lo que desprecia la legumbre. 
Lección te son las hojas, 
y maestros las peñas. 
Avergüénzate, ¡oh Clito!, 
con alma racional y entendimiento, 
que te pueda en España 
llamar rudo discípulo una caña; 
pues si no te moderas, 
será de tus costumbres, a su modo, 
verde reprehensión el campo todo.

Autor del poema: Francisco de Quevedo



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