Sermón estoico de censura moral

05-59
Sermón estoico de censura moral
 

¡Oh corvas almas, oh facinorosos 
espíritus furiosos! 
¡Oh varios pensamientos insolentes, 
deseos delincuentes, 
cargados sí, mas nunca satisfechos; 
alguna vez cansados, 
ninguna arrepentidos, 
en la copia crecidos, 
y en la necesidad desesperados! 
De vuestra vanidad, de vuestro vuelo, 
¿qué abismo está ignorado? 
Todos los senos que la tierra calla, 
las llanuras que borra el Oceano 
y los retiramientos de la noche, 
de que no ha dado el sol noticia al día, 
los sabe la codicia del tirano. 
Ni horror, ni religión, ni piedad, juntos, 
defienden de los vivos los difuntos. 
A las cenizas y a los huesos llega, 
palpando miedos, la avaricia ciega. 
Ni la pluma a las aves, 
ni la garra a las fieras, 
ni en los golfos del mar, ni en las riberas 
el callado nadar del pez de plata, 
les puede defender del apetito; 
y el orbe, que infinito 
a la navegación nos parecía, 
es ya corto distrito 
para las diligencias de la gula, 
pues de esotros sentidos acumula 
el vasallaje, y ella se levanta 
con cuanto patrimonio 
tienen, y los confunde en la garganta. 
Y antes que las desórdenes del vientre 
satisfagan sus ímpetus violentos, 
yermos han de quedar los elementos, 
para que el orbe en sus angustias entre. 

Tú, Clito, entretenida, mas no llena, 
honesta vida gastarás contigo; 
que no teme la invidia por testigo, 
con pobreza decente, fácil cena. 
Más flaco estará, ¡oh Clito!, 
pero estará más sano, 
el cuerpo desmayado que el ahíto; 
y en la escuela divina, 
el ayuno se llama medicina, 
y esotro, enfermedad, culpa y delito. 

El hombre, de las piedras descendiente 
(¡dura generación, duro linaje!), 
osó vestir las plumas; 
osó tratar, ardiente, 
las líquidas veredas; hizo ultraje 
al gobierno de Eolo; 
desvaneció su presunción Apolo, 
y en teatro de espumas, 
su vuelo desatado, 
yace el nombre y el cuerpo justiciado, 
y navegan sus plumas. 
Tal has de padecer, Clito, si subes 
a competir lugares con las nubes. 
De metal fue el primero 
que al mar hizo guadaña de la muerte: 
con tres cercos de acero 
el corazón humano desmentía. 
Éste, con velas cóncavas, con remos, 
(¡oh muerte!, ¡oh mercancía!), 
unió climas extremos; 
y rotos de la tierra 
los sagrados confines, 
nos enseñó, con máquinas tan fieras, 
a juntar las riberas; 
y de un leño, que el céfiro se sorbe, 
fabricó pasadizo a todo el orbe, 
adiestrando el error de su camino 
en las señas que hace, enamorada, 
la piedra imán al Norte, 
de quien, amante, quiere ser consorte, 
sin advertir que, cuando ve la estrella, 
desvarían los éxtasis en ella. 


Clito, desde la orilla 
navega con la vista el Oceano: 
óyele ronco, atiéndele tirano, 
y no dejes la choza por la quilla; 
pues son las almas que respira Tracia 
y las iras del Noto, 
muerte en el Ponto, música en el soto. 

Profanó la razón, y disfamóla, 
mecánica codicia diligente, 
pues al robo de Oriente destinada, 
y al despojo precioso de Occidente, 
la vela desatada, 
el remo sacudido, 
de más riesgos que ondas impelido, 
de Aquilón enojado, 
siempre de invierno y noche acompañado, 
del mar impetüoso 
(que tal vez justifica el codicioso) 
padeció la violencia, 
lamentó la inclemencia, 
y por fuerza piadoso, 
a cuantos votos dedicaba a gritos, 
previno en la bonanza 
otros tantos delitos, 
con la esperanza contra la esperanza. 
Éste, al sol y a la luna, 
que imperio dan, y templo, a la Fortuna, 
examinando rumbos y concetos, 
por saber los secretos 
de la primera madre 
que nos sustenta y cría, 
de ella hizo miserable anatomía. 
Despedazóla el pecho, 
rompióle las entrañas, 
desangróle las venas 
que de estimado horror estaban llenas; 
los claustros de la muerte, 
duro, solicitó con hierro fuerte. 
¿Y espantará que tiemble algunas veces, 
siendo madre y robada 
del parto, a cuanto vive, preferido? 
No des la culpa al viento detenido, 
ni al mar por proceloso: 
de ti tiembla tu madre, codicioso. 
Juntas grande tesoro, 
y en Potosí y en Lima 
ganas jornal al cerro y a la sima. 
Sacas al sueño, a la quietud, desvelo; 
a la maldad, consuelo; 
disculpa, a la traición; premio, a la culpa; 
facilidad, al odio y la venganza, 
y, en pálido color, verde esperanza, 
y, debajo de llave, 
pretendes, acuñados, 
cerrar los dioses y guardar los hados, 
siendo el oro tirano de buen nombre, 
que siempre llega con la muerte al hombre; 
mas nunca, si se advierte, 
se llega con el hombre hasta la muerte. 

Sembraste, ¡oh tú, opulento!, por los vasos, 
con desvelos de la arte, 
desprecios del metal rico, no escasos; 
y en discordes balanzas, 
la materia vencida, 
vanamente podrás después preciarte 
que induciste en la sed dos destemplanzas, 
donde tercera, aún hoy, delicia alcanzas. 
Y a la Naturaleza, pervertida 
con las del tiempo intrépidas mudanzas, 
transfiriendo al licor en el estío 
prisión de invierno frío, 
al brindis luego el apetito necio 
del murrino y cristal creció ansí el precio: 
que fue pompa y grandeza 
disipar los tesoros 
por cosa, ¡oh vicio ciego!, 
que pudiese perderse toda, y luego. 

Tú, Clito, en bien compuesta 
pobreza, en paz honesta, 
cuanto menos tuvieres, 
desarmarás la mano a los placeres, 
la malicia a la invidia, 
a la vida el cuidado, 
a la hermosura lazos, 
a la muerte embarazos, 
y en los trances postreros, 
solicitud de amigos y herederos. 
Deja en vida los bienes, 
que te tienen, y juzgas que los tienes. 
Y las últimas horas 
serán en ti forzosas, no molestas, 
y al dar la cuenta excusarás respuestas. 

Fabrica el ambicioso 
ya edificio, olvidado 
del poder de los días; 
y el palacio, crecido, 
no quiere darse, no, por entendido 
del paso de la edad sorda y ligera, 
que, fugitiva, calla, 
y en silencio mordaz, mal advertido, 
digiere la muralla, 
los alcázares lima, 
y la vida del mundo, poco a poco, 
o la enferma o lastima. 

Los montes invencibles, 
que la Naturaleza 
eminentes crió para sí sola 
(paréntesis de reinos y de imperios), 
al hombre inaccesibles, 
embarazando el suelo 
con el horror de puntas desiguales, 
que se oponen, erizo bronco, al cielo, 
después que les sacó de sus entrañas 
la avaricia, mostrándola a la tierra, 
mentida en el color de los metales, 
cruda y preciosa guerra, 
osó la vanidad cortar sus cimas 
y, desde las cervices, 
hender a los peñascos las raíces; 
y erudito ya el hierro, 
porque el hombre acompañe 
con magnífico adorno sus insultos, 
los duros cerros adelgaza en bultos; 
y viven los collados 
en atrios y en alcázares cerrados, 
que apenas los cubría 
el campo eterno que camina el día. 
Desarmaron la orilla, 
desabrigaron valles y llanuras 
y borraron del mar las señas duras; 
y los que en pie estuvieron, 
y eminentes rompieron 
la fuerza de los golfos insolentes, 
y fueron objeción, yertos y fríos, 
de los atrevimientos de los ríos, 
agora navegados, 
escollos y collados, 
los vemos en los pórticos sombríos, 
mintiendo fuerzas y doblando pechos, 
aun promontorios sustentar los techos. 
Y el rústico linaje, 
que fue de piedra dura, 
vuelve otra vez viviente en escultura.
 

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