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Los Duendes


Poetico Por Poetico En: Principal, Andres Bello, Poesia, Poema De Vida, Poetas Latinoamericanos 1 562 0
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Imitacion De Victor Hugo
I

No bulle
la selva;
el campo
no alienta.
Las luces
postreras
despiden
apenas
destellos,
que tiemblan.
La choza
plebeya,
que horcones
sustentan;
la alcoba,
que arrean
cristales
y sedas;
al sueño
se entregan.
Ya es todo
tinieblas.
¡Oh noche
serena!
¡Oh vida
suspensa!
La muerte
remedas.

      II

¿Qué rüido
sordo nace?
Los cipreses
colosales
cabecean
en el valle;
y en menuda
nieve caen
deshojados
azahares.
¿Es el soplo
de los Andes,
atizando
los volcanes?
¿Es la tierra,
que en sus bases
de granito
da balances?
No es la tierra;
no es el aire;
son los duendes
que ya salen.

      III

Por allá vienen;
¡qué batahola!
ora se apiñan
en densa tropa,
que hiende rápida
la parda atmósfera;
y ora se esparcen,
como las hojas
ante la ráfaga
devastadora.
Si chillan éstos,
aquéllos roznan.
Si trotan unos,
otros galopan.
De la cascada
sobre las ondas,
cuál se columpia,
cuál cabriola.
Y un duende enano,
de copa en copa,
va dando brincos,
y no las dobla.

      IV

¿Fantasmas acaso
la vista figura?
Como hinchadas olas
que en roca desnuda
se estrellan sonantes,
y luego reculan
con ronco murmullo,
y otra vez insultan
al risco, lanzando
bramadora espuma;
así van y vienen,
y silban y zumban,
y gritan que aturden;
el cielo se nubla;
el aire se llena
de sombras que asustan;
el viento retiñe;
los montes retumban.

      V

A casa me recojo;
echemos el cerrojo.
¡Qué triste y amarilla
arde mi lamparilla!
¡Oh Virgen del Carmelo!
aleja, aleja el vuelo
de estos desoladores
ángeles enemigos;
que no talen mis flores,
ni atizonen mis trigos.
Ahuyenta, madre, ahuyenta
la chusma turbulenta;
y te pondré en la falda
olorosa guirnalda
de rosa, nardo y lirio;
y haré que tu sagrario
alumbre un blanco cirio
por todo un octavario.

      VI
¡Cielos! ¡lo que cruje el techo!
¡y lo que silba la puerta!
Es un turbión deshecho.
De lejos oigo estallar
los árboles de la huerta,
como el pino en el hogar.
Si dura más el tropel,
no amanecerá mañana
un cristal en la ventana,
ni una hoja en el vergel.

      VII

San Antón, no soy tu devoto,
si no le pones luego coto
a este diabólico alboroto.
¡Motín semeja, o terremoto,
o hinchado torrente que ha roto
los diques, y todo lo inunda!
¡Jesús! ¡Jesús! ¡qué barahúnda!...
¿Qué significa, raza inmunda,
esa aldabada furibunda?
El rayo del cielo os confunda,
y otra vez os pele y os tunda,
y en la caverna más profunda
del inflamado abismo os hunda.

      VIII

Ni por ésas. Parece que arroja
el infierno otro denso nublado,
o que el diablo al oírme se enoja;
y empujando el ejército alado,
el asalto acrecienta y aviva.
El tejado va a ser una criba;
cada envión que recibe mi choza,
yo no sé cómo no la destroza;
a tamaña batalla no es mucho
que retiemble, y que toda se cimbre,
cual si fuese de lienzo o de mimbre...
¿Es el miedo? o ¿quién anda en la sala?
Vade retro, perverso avechucho...
¡Ay! matóme la luz con el ala...

      IX

¡Funesta sombra! ¡Tenebroso espanto!...
Amedrentado el corazón palpita...
y la legión de Lucifer en tanto,
reforzando la trápala y la bulla,
a un tiempo brama, gruñe, llora, grita,
bufa, relincha, ronca, ladra, aúlla;
y asorda estrepitosa los oídos,
mezclando carcajadas y alaridos,
voz de ira, voz de horror, y voz de duelo.
¡Qué fiero son de trompas y cornetas!
¡Qué arrastrar de cadenas por el suelo!
¡Qué destemplado chirrío de carretas!...
¡Ya escampa! Hasta la tierra se estremece,
y según es el huracán, parece
que a la casa y a mí nos lleva al vuelo...
¡Perdido soy!... ¡Misericordia, cielo!

      X

¡Ah! Por fin en la iglesia vecina
a sonar comenzó la campana...
Al furor, a la loca jarana,
turbación sucedió repentina.
El tañido de aquella campana
a la hueste infernal amohína,
sobrecoge, atolondra, amilana.
Como en pecho abrumado de pena
una luz de esperanza divina;
como el sol en la densa neblina,
de los montes rizada melena;
el tañido de aquella campana,
que tan alto y sonoro domina,
y se pierde en la selva lejana,
el tumulto en el aire serena.

      XI

¡Partieron! La sonante nota
a la hueste infernal derrota.
Uno a otro apresura, excita,
estrecha, empuja, precipita.
Huyó la fementida tropa;
no trota ya, sino galopa;
no galopa ya, sino vuela.
Por donde pasa la bandada,
una sombra más atezada
los montes y los valles vela,
y el luto de la noche enluta.
Como de leña mal enjuta,
que en el hogar chisporrotea,
de mil pupilas culebrea
rojiza luz intermitente,
que va señalando la ruta
de Satanás y de su gente.

      XII

Cesó, cesó la zozobra.
A escape va la pandilla;
y la tierra se recobra
de la grave pesadilla
de esta visita importuna;
y la perezosa luna
sale al fin, y el campo alegra.
Allá va la sombra negra;
distante suena la grita
de la canalla maldita;
como cuando ciñe un monte
de nubes el horizonte,
y desde su oscuro seno
rezonga lejano trueno;
como cuando primavera
tus nieves ha derretido,
gigantesca cordillera,
y a lo lejos se oye el ruido
de impetuosa corriente
que arrastra una selva entera,
cubre el llano y corta el puente.

      XIII

Mas a ti, ¿qué fortuna,
huerta mía, te cabe?
¿Respiras ya del grave
afán? ¿Injuria alguna
sufriste?... ¡Cuánta asoma,
entreabierta a la luna,
nueva flor! ¡Cuánto aroma
de rosas y alelíes
el ambiente embalsama!
No hay una mustia rama;
no hay un doblado arbusto.
Parece que te ríes
de tu pasado susto.

      XIV

Sobre aquellos boldos
que a un pelado risco
guarnecen la falda,
al amortecido
rayo de la luna,
van haciendo giros.
Enjambre parecen
de avispas, que el nido
materno abandona,
despojo de niños
traviesos, y vuela
errante y proscrito.

      XV

¡Desventurados!
Del patrio albergue
también vosotros
gemís ausentes;
vagar proscriptos
os cupo en suerte...
¡Terrible fallo!...
¡y eterno!... ¡Pesen
mis maldiciones,
blandas y leves,
sobre vosotros,
míseros duendes!

      XVI

Hacia el cerro
que distingue
lo sombrío
de su tizne
-padrón negro
de hechos tristes-
vagorosas
ondas finge,
parda nube,
con matices
colorados,
como el tinte
que a la luna
da el eclipse;
y en la espira
que describe,
rastros deja
carmesíes...
¿En qué abismos,
infelice
nubecilla,
vas a hundirte?...
Ya los ojos
no la siguen;
ya es un punto;
ya no existe.

      XVII

¡Qué calma
tranquila!
Tras leve
cortina
de gasa
pajiza,
la luna
dormita.
Al sueño
rendidas,
las flores
se inclinan.
El viento
no silba,
ni el aura
suspira.
Tú sola
vigilas;
tú siempre
caminas,
y al centro
gravitas,
¡oh fuente
querida!
ya turbia;
ya limpia;
ya en calles,
que lilas
y adelfas
tapizan;
ya en zarzas
y espinas.
¡Tal corre
la vida!
Autor: Andrés Bello
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