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Dios lo quiere

Dios lo quiere

 

Dios lo quiere

 



La tierra se hace madrastra 
si tu alma vende a mi alma. 
Llevan un escalofrío 
de tribulación las aguas. 
El mundo fue más hermoso 
desde que me hiciste aliada, 
cuando junto de un espino 
nos quedamos sin palabras 
¡y el amor como el espino 
nos traspasó de fragancia! 

Pero te va a brotar víboras 
la tierra si vendes mi alma; 
baldías del hijo, rompo 
mis rodillas desoladas. 
Se apaga Cristo en mi pecho 
¡y la puerta de mi casa 
quiebra la mano al mendigo 
y avienta a la atribulada! 

II 

Beso que tu boca entregue 
a mis oídos alcanza, 
porque las grutas profundas 
me devuelven tus palabras. 
El polvo de los senderos 
guarda el olor de tus plantas 
y oteándolas como un ciervo, 
te sigo por las montañas... 
A la que tú ames, las nubes 
la pintan sobre mi casa. 
Ve cual ladrón a besarla 
de la tierra en las entrañas; 
que, cuando el rostro le alces, 
hallas mi cara con lágrimas. 

III 

Dios no quiere que tu tengas 
sol si conmigo no marchas; 
Dios no quiere que tu bebas 
si yo no tiemblo en tu agua; 
no consiente que te duermas 
sino en mi trenza ahuecada. 

IV 

Si te vas, hasta en los musgos 
del camino rompes mi alma; 
te muerden la sed y el hambre 
en todo monte o llamada 
y en cualquier país las tardes 
con sangre serán mis llagas. 
Y destilo de tu lengua 
aunque a otra mujer llamaras, 
y me clavo como un dejo 
de salmuera en tu garganta; 
y odies, o cantes, o ansíes, 
¡por mí solamente clamas! 



Si te vas y mueres lejos, 
tendrás la mano ahuecada 
diez años bajo la tierra 
para recibir mis lágrimas, 
sintiendo cómo te tiemblan 
las carnes atribuladas, 
¡hasta que te espolvoreen 
mis huesos sobre la cara!


Autor del poema: Gabriela Mistral

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