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San Miguel


San Miguel

 

 

Se ven desde las barandas, 
por el monte, monte, monte, 
mulos y sombras de mulos 
cargados de girasoles. 

Sus ojos en las umbrías 
se empañan de inmensa noche. 
En los recodos del aire, 
cruje la aurora salobre. 

Un cielo de mulos blancos 
cierra sus ojos de azogue 
dando a la quieta penumbra 
un final de corazones. 
Y el agua se pone fría 
para que nadie la toque. 
Agua loca y descubierta 
por el monte, monte, monte. 



San Miguel lleno de encajes 
en la alcoba de su torre, 
enseña sus bellos muslos, 
ceñidos por los faroles. 

Arcángel domesticado 
en el gesto de las doce, 
finge una cólera dulce 
de plumas y ruiseñores. 
San Miguel canta en los vidrios; 
efebo de tres mil noches, 
fragante de agua colonia 
y lejano de las flores. 



El mar baila por la playa, 
un poema de balcones. 
Las orillas de la luna 
pierden juncos, ganan voces. 
Vienen manolas comiendo 
semillas de girasoles, 
los culos grandes y ocultos 
como planetas de cobre. 
Vienen altos caballeros 
y damas de triste porte, 
morenas por la nostalgia 
de un ayer de ruiseñores. 
Y el obispo de Manila, 
ciego de azafrán y pobre, 
dice misa con dos filos 
para mujeres y hombres. 



San Miguel se estaba quieto 
en la alcoba de su torre, 
con las enaguas cuajadas 
de espejitos y entredoses. 

San Miguel, rey de los globos 
y de los números nones, 
en el primor berberisco 
de gritos y miradores.

 

Autor del poema: Federico García Lorca

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